Y como papel de arroz, desmenuzado desde un principio, amalgamado, prensado y manufacturado para que lo utilicen los otros de más calibre, los que ya tienen derechos por costumbre a demoler entre sus sutiles manos, ese pedazo artístico con genes de arroz.
Una y otra vez repiten su andadura, sin cambiar ni un solo ápice de su sistemático y rutinario hacer. Entre sus dedos mezquinos doblan el papel, aprisionan y arrugan la delicadeza frágil pero flexible, más se va perfumando con su cálido jugo su delicado aroma al arroz, quedando preñados sus dedos del recuerdo morboso de una seducción letal...
Ese papel dejará toda su esencia hoy y morirá en cualquier lugar. Otro llenará ese vacio, a las mismas horas, por los mismos dedos y por el mismo aliento hambriento de perfumarse el alma de arroz.